sábado, 1 de junio de 2013

Pena máxima



El último penal era para el capitán. Tomó la bola que le fue dada a manera de maldición por el cancerbero del frente enemigo. La miró fijamente,  implorando que se dejara acariciar por su botín. La colocó en el manchón bendito y maldito, ambiguo. Retrocedió evitando la mirada de su oponente. Con pasos simultáneos, los dos se alejaron de la esférica. La contemplaban, el amarillo desde la distancia escogida por él. El azul desde la línea de fusilamiento, que opuestamente a lo que se pueda pensar, deseaba que la bala le diera directamente a él, no que lo esquivara.
Al escuchar el sonido implacable del llamado del destino, tomó aire, llenó sus pulmones de esperanza y atacó. En la línea que separa a los hombres comunes de los astros del balón, el contrario bailaba, pero no era el baile que se acompaña con un balón como pareja. Él se burlaba, quería crear caos en la mente del capitán amarillo. Desordenaba al universo. Ninguno de los dos dejaba de ver al esférico.
Con la furia de un ataque terrestre se impulsó hacía adelante. Sus pasos eran firmes, llenos de fuerza y temor, una fusión común en este deporte. La pierna derecha del guerrero amarillo se convirtió en una lanza, que irónicamente no buscaba terminar con la batalla sino alargarla. Y con una bofetada fúrica acarició la redondez de la amada, acción llena de opuestos. El protector de la nación azul se movió a la izquierda, reculó a la derecha y por inercia, guiado por el deseo, siguió al balón, esperando se detuviera en su cuerpo. Sueño de héroe.
El balón salió disparado como una bala, su objetivo era romper con la armonía y solemnidad del pueblo azul. Estaba destinado a silenciar a una nación entera. El capitán amarillo lo dispuso a esquivar al protector azul, pero su trayectoria fue mal calculada. Solo unos centímetros, sin tan solo hubiera ido quince centímetros más abajo, pero no. Con un leve chasquido, después de rosar el larguero, el pueblo amarillo, acostumbrado a la arrogancia y al triunfo, que en tiempos recientes lo ha abandonado, calló. Una parte de su alma sucumbió ante la mala puntería del hombre que los defendía batalla tras batalla.
Y en el coliseo, mirando con asombro y con incredulidad, el pueblo azul, unido a la fatalidad en momentos cruciales, tachado de frio y alejado, gritó lleno de éxtasis. El Azteca era azul, latía de nuevo por el equipo nacido grande. Pero había un hombre que no creía, quizá no quería que fuera así como terminara. Los ojos del portero azul parecían desilusionados, mientras sus compañeros de batallas corrían eufóricos hacia él, no parecía satisfecho. Soñó ser el héroe. Pronto se unió a la algarabía, se contagió del latido azul.
La guerra futbolística es una metáfora de batallas que no ocurrirán, pero para un pueblo es todo. El azul ha renacido de las cenizas amarillas.

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