El último penal era
para el capitán. Tomó la bola que le fue dada a manera de maldición por el
cancerbero del frente enemigo. La miró fijamente, implorando que se dejara acariciar por su
botín. La colocó en el manchón bendito y maldito, ambiguo. Retrocedió evitando
la mirada de su oponente. Con pasos simultáneos, los dos se alejaron de la
esférica. La contemplaban, el amarillo desde la distancia escogida por él. El
azul desde la línea de fusilamiento, que opuestamente a lo que se pueda pensar,
deseaba que la bala le diera directamente a él, no que lo esquivara.
Al escuchar el sonido
implacable del llamado del destino, tomó aire, llenó sus pulmones de esperanza
y atacó. En la línea que separa a los hombres comunes de los astros del balón,
el contrario bailaba, pero no era el baile que se acompaña con un balón como
pareja. Él se burlaba, quería crear caos en la mente del capitán amarillo.
Desordenaba al universo. Ninguno de los dos dejaba de ver al esférico.
Con la furia de un
ataque terrestre se impulsó hacía adelante. Sus pasos eran firmes, llenos de
fuerza y temor, una fusión común en este deporte. La pierna derecha del
guerrero amarillo se convirtió en una lanza, que irónicamente no buscaba
terminar con la batalla sino alargarla. Y con una bofetada fúrica acarició la
redondez de la amada, acción llena de opuestos. El protector de la nación azul
se movió a la izquierda, reculó a la derecha y por inercia, guiado por el
deseo, siguió al balón, esperando se detuviera en su cuerpo. Sueño de héroe.
El balón salió
disparado como una bala, su objetivo era romper con la armonía y solemnidad del
pueblo azul. Estaba destinado a silenciar a una nación entera. El capitán
amarillo lo dispuso a esquivar al protector azul, pero su trayectoria fue mal
calculada. Solo unos centímetros, sin tan solo hubiera ido quince centímetros
más abajo, pero no. Con un leve chasquido, después de rosar el larguero, el
pueblo amarillo, acostumbrado a la arrogancia y al triunfo, que en tiempos
recientes lo ha abandonado, calló. Una parte de su alma sucumbió ante la mala
puntería del hombre que los defendía batalla tras batalla.
Y en el coliseo,
mirando con asombro y con incredulidad, el pueblo azul, unido a la fatalidad en
momentos cruciales, tachado de frio y alejado, gritó lleno de éxtasis. El
Azteca era azul, latía de nuevo por el equipo nacido grande. Pero había un
hombre que no creía, quizá no quería que fuera así como terminara. Los ojos del
portero azul parecían desilusionados, mientras sus compañeros de batallas
corrían eufóricos hacia él, no parecía satisfecho. Soñó ser el héroe. Pronto se
unió a la algarabía, se contagió del latido azul.
La guerra futbolística
es una metáfora de batallas que no ocurrirán, pero para un pueblo es todo. El
azul ha renacido de las cenizas amarillas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario