-¿Por
qué tan lejos?
No
le contesto.
-¿Regresarás?
Callo.
-¿Ya
te vas?
-Sí.
Sus
ojos humeaban amor, su boca: marihuana; y su piel desnuda se quemaba de sexo.
-¿Para
qué querías que me quedara? No notaste cuando estaba aquí. Sabes que me fui porque
nadie te acariciaba al despertar.
No
me atrevo a decirle más.
-No
te vayas, quédate un poco más.
Sabía
que me deseaba. Me gusta.
-Sé
que me deseas, ven y sé un hombre.
Ya
soy un hombre. La deseo, quiero probar su piel, besar sus hombros, morder sus senos.
Tan hombre que no lo haré.
-Deséame.
Su
lengua es un arma.
-Cógeme.
Tiene
espinas. Rasga mis oídos. Sangran.
-Nunca
has sido bueno en nada, no, eres carne. ¿Crees resistirte a mí? No puedes.
Se
para junto a mí.
–
¿Quieres que hoy sea rubia? No, no quieres eso. Tal vez morena. No.
Sonríe.
–
Roja, me quieres roja.
Lo supo.
Siento
su desnudez sobre mí, cada poro se llena de ella.
-No
quieres sangre, no la necesitas. Soy yo quien te llena, la que te hace vivir.
Nunca has sido bueno en nada, ni siquiera en vivir.
¿Por
qué no se calla y me toma? Tal vez tiene razón. Mi vida era esa vieja máquina
de escribir. Tecleo para mitigar el dolor. Su voz se perdía entre los sonidos
de las letras. Pero como castigo del infierno entra en mí, como yo quiero
entrar en ella.
-Nunca
has sido bueno en nada, en nada, en nada, en nada.
Era
un demonio. Me gustaba.
-¿No
quieres esto?
Sí
lo quiero, pero no lo tendré.
–
Házmelo cómo quieras.
Dejo
de escribir.
-
Entendiste, eres mal escritor, mal amante, pero eres mío.
Giro
hacía mi otro amor y sigo escribiendo.
-¿Eres
marica? Ven y cógeme.
Grotesca.
–
Bésame aquí.
Erótica.
–
Arráncame la piel.
Perversa.
–
Llena mi boca con tu ser, con tu sexo.
Diosa.
-NO.
Le digo con los labios. Hablo con los ojos. La
poseo con la mente.
Ríe
infernalmente.
–
¿No quieres? Imbécil ¿Piensas que tu máquina te hará lo que yo? Eres mal
escritor. Mediocre.
Rompe
mi vida.
-Tan
mal escritor. Nunca has sido bueno en algo. En nada, trozo de carne.
Se
masturba mientras me mata con su lujuria.
-Bueno
para nada.
No
pienso, no puedo. No calla.
–
Don nadie.
-¡Ya
cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!
Grito.
Fue
suficiente por hoy. Arranco la hoja de la máquina.
Nunca
he sido bueno en algo, en nada. Un día perdido. Una hoja. Una palabra que se repite
mil veces. Un cuarto vacío, lleno de humo.
Tomo
el cigarrillo que dejé a medias, lo prendo. La bocanada llena mis pulmones. En
mi cuerpo no hay nada. Solo humo.
Respiro
y me doy el valor de hacerlo una vez más. Quemo la hoja. Una más. Soy yo
definido por el humo.
La
escucho gemir. Siento cómo le duele. Huelo su piel cocinándose de nuevo. Grita.
-Cógeme,
cógeme, cógeme, cógeme…-
Así,
mil veces.
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